sábado, 14 de marzo de 2009

La mujer es rara, por Louis Pauwels







Pierre Auguste Renoir



La raza de las mujeres ha desaparecido.

El problema consiste en que no todas las mujeres se queman. La materia prima para el alquimista se hace rara. No les ocultaré la verdad: el problema está en que ya casi no hay mujeres. Sostengo que las mujeres no han desaparecido, que se ha producido una catástrofe, que la raza de las mujeres se ha dispersado y aniquilado ante nuestros ojos, que no la veían.

Señores, la mujer, la descendiente del paleolítico y el neolítico, nuestra madre, nuestra hembra y nuestra diosa, el ser al que yo llamaría
la mujer del hombre y de la que ya no tenemos idea, ha sido perseguida, alcanzada en su cuerpo físico y su cuerpo mental y enviada de vuelta a la nada.

Las entrañas de la tierra están atestadas con bosques tragados, restos de especies animales desaparecidos, cenizas de razas humanas y sub-humanas cuya historia, si nos fuese revelada desafiaría a la imaginación más desvariada. También nuestra verdadera hembra se ha mezclado con el humos de los abismos subterráneos. ¿Por qué? ¡Reflexionen, señores! es ella la que ha hecho el gasto de la inmensa, de la implacable lucha contra las religiones primitivas del Occidente. Esta lucha es toda la historia del mundo llamado civilizado. ¿Creen ustedes que allí donde las legiones romanas no aclimataron nunca su religión, en la Galia, por ejemplo, o en Gran Bretaña, los soldados de Cristo encontraron una tierra virge de pensamiento y de dioses? En mil lugares de nuestra vieja europa, en las landas, en las llanuras con menhires, en el fondo de los bosques y en los ríos en que cantaba Pan, subsistía la religión indígena venida de la noche de los siglos, la verdadera religión del hombre occidental. Señores, tengo por cierto que europa vivió durante miles de años de un elevado pensamiento místico, llegado también de otras épocas, consagrada al Dios cornudo y a la exaltación del principio femenino. Considero evidente que esta espiritualidad original fue barrida con violencia, a fuego y sangre, por una religión extraña llegada del Oriente: el cristianismo. El Dios Cornudo, protector de la antigua humanidad del Occidente, fue llamado Diablo y maldito. Los ídolos inmemorables fueron derribados y con ellos hubo que destruir su soporte: la mujer madre, la mujer diosa, la mujer hembra, la verdadera mujer. Hombres cultos del presente denuncian las fechorías del colonialismo reciente: los indios destruidos, los magos del África extinguidos, las civilizaciones negras mrtirizadas. ¡Que no nos hablen de nuestros antiguos totems que fueron derribados! ¿De nuestro Dios, que fue envelecido y perseguido! ¿De nuestras sacerdotisas, que fueron exterminadas! ¿De nuestra hembra, que nos quitaron! También la vieja Europa fue colonizada y desfigurada. Si, señores, me atrevo a decirlo.


desde el putno de vista puramente antropológico, la historia de la iglesia cristiana es la historia de una guerra liberada por el extranjero contra el culto indígena muy antiguo, muy poderoso, muy profundamente arraigado, y de un crimen perpetrado contra la raza humana femenina entera. Hemos perdido nuestra mitad señores. Nos la han matado. Lo demostraré.

No acuso. Ese crimen fabuloso era quizá necesario. Y era quizá fatal. La civilización no sería lo que es si la verdadera mujer existíera todavía. Seguiriíamos creyendo en el Parraíso en la tierra. El espíritu humano no habría seguido caminos nuevos. No estaríamos ahora a punto de llegar a las galaxias lejanas, no habríamos abierto en el universo grandes puertas por las que penetra ya el llamamiento del Dios último en el que se fundirían todos nuestros dioses, en el que el espíritu del globo terráqueo se reabsrberá un día, cumplida su misión. Pero veamos el crimen. Exterminación física en las hogueras: evocaré los centenares de miles de verdaderas mujeres declaradas brujas y quemadas vencidas y cambiadas por el temor. Les remito al Michelet visionario de La Sorcière, libro admirable e incomprendido. Exterminación mediante la propaganda, arma más segura que todas las otras, como sabemos ahora, y más eficaz en la época que el tormento de colgar al paciente de una cuerda y dejarlo caer varias veces al mar o hasta cerca de la tierra; que los borceguíes y la camisa azufrada. Guerra revolucionaria librada por la Caballería contra la mujer verdadera en beneficio de un nuevo ídolo. Y finalmente, en un plano más vasto, más misterioso y, no obstante, concomitante, mutación descendiente de la especie. De modo que, poco a poco, ha sutituído al ser hembra, auténtico un ser diferente.




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Extraído de la Revista "Planeta, la primera revista biblioteca"



1 comentario:

Lenin Rojo. dijo...

El texto no esta completo es un fragmento y un fragmento ininteligible, arbitrario, muy mucho les agradecería que el texto completo lo subieran, por favor ,es una joya cada vez más actual,¿serían tan amables de hacerlo? ,de todo corazón gracias.